Pedro Antonio García, director de Relaciones Institucionales
y Comunicación de Coca-Cola España y Executive MBA 85 por el Instituto de Empresa
 
   
 
 
 
   
 

 

Actuar bien siempre es rentable

 
 


En acción social es mejor colaboración que competición: hay que evitar trasladar el espíritu de sana competencia, que caracteriza las actuaciones empresariales, al ámbito de la acción social. No se trata de hacerlo mejor que los competidores.



Vivimos en un mundo imperfecto. Según Intermón Oxfam, si África, Sur de Asia y Latinoamérica aumentaran su participación en el comercio mundial en un 1%, 130 millones de personas saldrían de la pobreza. Por otro lado, y según esta misma ONG, cada año mueren 11 millones de personas por enfermedades infecciosas que podrían tratarse de disponer de medios económicos.

Lo más sorprendente es que esto ya no nos sorprende. Los informativos están llenos de este tipo de noticias que, sin embargo, no nos quitan el sueño. Vivimos en una época en que se ha institucionalizado la negación de la responsabilidad personal.

Hemos desarrollado la capacidad de transferir la responsabilidad de todo lo que acontece a una tercera persona. Cuando nos hablan de escasez de agua tendemos a pensar en el Plan Hidrológico Nacional y, rara vez, en el uso que individualmente hacemos de la misma.

Esto sucede en un contexto en el que la confianza en los poderes públicos es modesta y, a pesar de los avances de todo género, las situaciones de pobreza se cronifican. Se comienza a hablar no ya de desarrollo sostenible, sino de si desarrollo, tal como lo conocemos hoy, y sostenibilidad pueden ser conceptos compatibles.

Hay grupos fundamentalistas que ven en la empresa, particularmente las multinacionales, el paradigma de la maldad y la causa última de estos problemas. Otros, por el contrario, ven que la capacidad de ejecución de las empresas es una posibilidad para resolverlos y desarrollar una globalización alternativa. Y, por último, están los que no conciben a la empresa sino como una máquina cuya única obligación fuera la de generar beneficios (¡sin preguntar siquiera a sus accionistas…!).

La pregunta es: ¿las empresas se deben limitar a maximizar el beneficio o deben implicarse en la resolución de esta situación?.

Mientras algunos se dedicarán a analizar y evaluar este tema durante largo tiempo, sospecho que los empresarios y gestores líderes no van a esperar a tener una respuesta para actuar, sino que seguirán su intuición y asumirán riesgos.

Coca-Cola España, como muchas otras empresas, realiza una importante función social por el hecho de actuar de acuerdo a la ley. Partimos de la base de que una empresa que goce de buen gobierno, es decir, la inmensa mayoría, genera recursos públicos a través de impuestos, mantiene a la Seguridad Social, recauda el IRPF, contrata y forma personas, investiga y difunde nuevas tecnologías, paga a sus afortunados accionistas, mejora la productividad y facilita el acceso a bienes y servicios. Todo lo cual, en principio, es bueno socialmente. Si la empresa se salta la ley o no actúa con ética, la adopción de políticas formales de RSC no tiene ningún valor.

Un paso más allá, y en lo que se refiere a políticas activas de RSC, es en lo que me gustaría revisar los principios que fundamentan su desarrollo en Coca-Cola España. En acción social es mejor colaboración que competición: hay que evitar trasladar el espíritu de sana competencia, que caracteriza las actuaciones empresariales, al ámbito de la acción social. No se trata de hacerlo mejor que los competidores, de destacar más. Tampoco de suplantar a ONGs u organismos públicos en sus funciones, sino de colaborar con ellos, aportando cada uno su área de especialidad. Es importante identificar a los compañeros de viaje y apalancar sinergias y complementariedades.

Por otra parte cuanto más diversos sean ideológicamente los socios en proyectos de RSC, más aprendizaje y mejores resultados se generan. Hay que buscar terreno común pero maximizando la diferencia ideológica. Muchas veces al trabajar con ONGs u organismos públicos en proyectos concretos, descubrimos la gran cantidad de prejuicios que nos condicionan a todos, y que muchas veces dificultan la resolución de los problemas más que la dificultad objetiva de los mismos.

Una pregunta abierta es si se debe condicionar la realización de las acciones de RSC a la compra de los productos de la empresa. En términos técnicos, la pregunta es si es válido el marketing con causa o frente a la acción social, en la que la empresa no condiciona sus planes de RSC a la compra de sus productos. La feliz definición de marketing con causa vs. acción social es de Ramón Guardia (“El beneficio de Compartir Valores. Marketing social corporativo, una nueva forma para diferenciar las marcas”, publicado en Editorial Deusto).

En Coca-Cola no hacemos marketing con causa, entendido como el que destina parte de los beneficios de la empresa a supuestas buenas causas. Nunca hemos vinculado las acciones RSC a la compra de nuestros productos en ninguna de nuestras campañas, como “Juntos por África”, “Salvalince.com”, “aH2Orra” (campaña de ahorro de agua con Adena y la Generalitat Valenciana) etc.

El marketing con causa es, principalmente, una herramienta para vender más y condiciona la actuación de la empresa en proyectos activos de RSC a la obtención de beneficios para la misma. Además es poco auditable.

Aunque han existido algunas campañas francamente buenas en España, como la de cambio de cuenta nómina del Banco de Santander, en general, las experiencias no han sido tan positivas, como la “desafortunada” campaña del 0,7% condicionada a la venta de cigarrillos. La idea del marketing con causa genera un cierto rechazo: los consumidores piensan que para esto ya ayudan ellos directamente, no necesitan un intermediario que gane dinero de paso.

En Coca-Cola un tema importante en la operativa de proyectos RSC, es el concepto de voluntariado corporativo.

A veces las ONGs acuden en busca de un cheque a las empresas, cuando con frecuencia éstas pueden aportar otras capacidades de gran valor económico pero de reducido impacto contable. Esta opción es mucho más rentable para las ONGs e implica un mayor grado de compromiso e involucración en los proyectos activos de RSC por parte de las empresas y su personal.

Todo ello conecta con otro aspecto importante de la RSC: la capacidad de motivación de los empleados y su mayor grado de vinculación con la empresa. Hay que sentir lo que se hace.

Los proyectos de RSC deben reflejar las creencias y aspiraciones de las personas que
trabajan en las empresas, en definitiva de la sociedad. Algunos de los grandes proyectos de RSC surgen como iniciativa de los empleados. Un buen ejemplo es la ONG Mano a Mano, como reconoció el propio Xavier de Irala al recoger en nombre de Iberia el premio Empresa y Sociedad 2002.

Del mismo modo el proyecto Juntos por África, que obtuvo ese mismo galardón en 2003, fue posible por el apoyo entusiasta de cientos de preventistas de los embotelladores de Coca-Cola y de empleados de MRW entre otros. De alguna forma esto potencia la realización personal y refuerza el compromiso y vinculación con la empresa con la que se trabaja.

Por último, los proyectos activos de RSC deben encajar con la estrategia de la empresa y deben estar alineados con la imagen corporativa o con el posicionamiento de sus marcas. De esta forma, al poner en práctica proyectos activos de RSC se refuerzan las fortalezas de la empresa y maximizan el impacto en la sociedad y, probablemente, se refuerza la reputación corporativa y el posicionamiento de las marcas.

Por ejemplo, los proyectos medioambientales de Coca-Cola España y sus embotelladores, encajan con la estrategia de marca, puesto que desde 1971 nada menos (“Plante una Flor”) se han desarrollado campañas en esta área. Además, los socios de Coca-Cola en España son líderes en la implantación de sistemas de gestión medioambiental como ISO 14001.

Tampoco encaja con la estrategia el que Coca-Cola participe en campañas como Juntos por África, que promueven valores de fraternidad y solidaridad, cuando entre los anuncios de la marca que más se recuerdan están “Hilltop” (“Al mundo entero quiero dar…”) de 1971, o el más reciente “Para todos” del año pasado.

En resumen, la RSC es un área diversa con grandes posibilidades de actuación y más preguntas que respuestas. Su propuesta es atractiva, pues potencialmente combina los intereses de la empresa con la sostenibilidad y, en definitiva, con la mejora del mundo en que vivimos.

En qué medida esta propuesta es factible será objeto de estudios empíricos los próximos años sobre la experiencia de las empresas que pasen de las declaraciones, lo que domina actualmente en este campo, a la acción.





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