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Conferencia Anual de Antiguos Alumnos 2007 > La deficiente gestión es el gran problema
La deficiente gestión es el gran problema

Asit K. Biswas
presidente del Centro del Tercer Mundo para la Gestión del Agua y ganador del Premio de Estocolmo 2006
La posibilidad de una crisis hídrica es consecuencia de las deficientes prácticas de gestión del agua implantadas en la mayoría de los países del mundo

¿Qué significó para usted recibir el 2006 Stockholm Water Prize?

Para mí, el Premio Estocolmo del Agua viene a confirmar la calidad del trabajo que desde México hemos llevado a cabo en el Centro del Tercer Mundo para el Manejo del Agua y de los resultados de nuestra labor en pro de la resolución de los problemas de agua que acucian al mundo. En calidad de grupo de reflexión de base científica, hemos puesto en cuestión gran parte de las perspectivas que hoy en día son habituales en el debate sobre agua en el mundo, sus problemas y sus soluciones. Por ejemplo, hemos efectuado análisis que nos indican que el mundo no se enfrenta a un problema de escasez de agua debido a la carencia material de este elemento; por el contrario, la posibilidad de una crisis hídrica es consecuencia de las deficientes prácticas de gestión del agua implantadas en la mayoría de los países del mundo, entre ellos España. Tenemos agua suficiente, incluso en Oriente Medio y el norte de África. También contamos con suficiente conocimiento, experiencia y tecnología para garantizar que los problemas de agua sufridos en todo el mundo se pueden resolver de modo sostenible y con una buena relación de coste y eficacia. Sin embargo, una mala gestión ha conseguido que el agua esté empleándose de maneras no eficientes. Ahí radica el quid de la cuestión cuando hablamos del problema del agua en el mundo. Entendemos que el Premio Estocolmo del Agua nos confirma que, efectivamente, en nuestro centro estamos avanzando por el buen camino, tanto en la identificación de los verdaderos problemas hídricos que afectan al mundo como en el análisis de posibles soluciones. Así, los tres importantes galardones que recibí en 2006 (el Premio Estocolmo del Agua, el Premio Medio Ambiente de Aragón y el Premio Figura del Año concedido por Harper, el primer ministro canadiense) constituyen en todos los casos el reconocimiento de que el motor de la ciencia no es el consenso (si así fuera, seguiríamos en la Edad de Piedra), y que un colectivo pequeño, pero formado por integrantes de primera línea y comprometidos, puede marcar la diferencia a la hora de definir y proponer soluciones realistas al problema del agua en el mundo.

¿Es correcto decir que hay una crisis del agua en el mundo?

El mundo no se enfrenta a una crisis causada por la escasez material de agua. Sí es posible que se produzca una crisis, no obstante, como consecuencia de la deficiente gestión que hacemos de la calidad y de la cantidad del agua disponible. Por ejemplo, en nuestro centro hemos llevado a cabo estudios que indican que alrededor del 12% de las aguas residuales generadas en Latinoamérica por ayuntamientos e industrias son sometidas a cierto grado de tratamiento antes de ser vertidas al mar, a ríos o a la propia tierra. Esto significa que alrededor del 88% de las aguas residuales están vertiéndose en el medio ambiente sin pasar por ningún tipo de tratamiento. En África y Asia es probable que hablemos de cifras similares. Los vertidos indiscriminados de aguas residuales reducen gradualmente la calidad del agua de ríos y acuíferos. En consecuencia, si en el futuro llega a producirse una crisis hídrica, habrá que achacarla a unas malas prácticas de gestión del agua que afectan tanto al aspecto cuantitativo como al cualitativo. Esta crisis es, por lo tanto, evitable.

¿Cuál cree que es el mayor desafío para el agua en el siglo XXI?

El reto más importante para el futuro es la definición previa del tipo de problemas a los que probablemente tengamos que enfrentarnos en lo que al agua respecta. Es probable que sean extremadamente complejos y completamente diferentes, en cuanto a su naturaleza, de los problemas de agua sufridos en el pasado y en el presente. Seguramente serán problemas diferentes en función de cada país. Pensemos en España, por ejemplo. El tipo de problemas hídricos a los que probablemente se enfrente el país allá por 2025 será muy distinto a lo que hoy en día se prevé. En las próximas dos décadas –y no sólo en España, sino en la Unión Europea en general– tendrán lugar cambios importantes fruto de cuestiones como la globalización, el libre comercio, la inmigración, la búsqueda de la seguridad energética, las dinámicas de población y la revolución de la información y las comunicaciones, transformaciones todas ellas que acarrearán consecuencias de capital importancia sobre el agua. Centrémonos, por ejemplo, en el caso del libre comercio. Es incontrovertible que a partir de 2025 las subvenciones y los aranceles de protección a la producción agrícola europea se reducirán drásticamente. Resulta difícil predecir con exactitud en qué medida y en qué fechas se reducirán esas subvenciones, pero podemos afirmar con relativa seguridad que cuando llegue 2025 estaremos ante un sistema muy distinto del actual. Estas transformaciones tendrán consecuencias transcendentales en países de la Unión Europea como España o Francia, en los cuales la agricultura sigue siendo una actividad importante, en especial en todo lo relacionado con los ciclos y superficies de cultivos. Por su parte, estos cambios modificarán radicalmente las demandas de agua de riego. A esto se suma que, si efectivamente se aplica la Directiva-Marco sobre el Agua de la Unión Europea, el consumo de agua para usos agrícolas se tarificará en función del principio de recuperación de costes. Todo ello cristalizará en cambios estructurales en el consumo de agua de países como España. Y, sin embargo, no hemos sido capaces de localizar en España un solo experto, ya sea del ámbito académico o del mundo político, que se halle analizando con seriedad estos nuevos tipos de problemas hídricos y las consecuencias sociales, económicas y medioambientales que tendrán sobre el país.

En mi opinión, en países como España las prácticas y los procesos de gestión del agua variarán más en las próximas dos décadas que en los últimos dos milenios. Dejará de ser posible prever los problemas de mañana (y mucho menos resolverlos) con las estructuras mentales de hoy y el conocimiento y la experiencia de ayer. Y ahí radicarán la mayoría de los problemas del agua que el siglo XXI tiene reservados para España y otros países parecidos.

Con frecuencia escuchamos hablar acerca de inminentes guerras por el agua y de los conflictos que se generarán a su alrededor. Sin embargo, usted defiende que el agua puede ser un catalizador de la paz, ¿por qué?

Aunque a los medios de comunicación les resulta sumamente atractiva la idea de las guerras por el agua causadas por su escasez material (un dato incorrecto, por cierto), no queda más remedio que afirmar que la idea de una guerra del agua es una tontería como una catedral. En nuestros seis milenios de historia escrita, no se conoce que dos países se hayan enzarzado jamás en una guerra causada por la falta de agua. Si en el futuro dos países se declaran la guerra, el agua podría figurar en el decimoquinto puesto de la lista de motivos, pero es seguro que no estará entre las primeras 14 razones.

Por el contrario, los países están dándose cuenta, poco a poco, de que la cooperación de todos ellos en la gestión eficiente de los recursos naturales y en las prácticas de desarrollo puede redundar en un notable beneficio. Permítame poner un ejemplo: la India y Bután. Hace unos 25 años, Bután tenía el PIB per cápita más bajo de todo el sur de Asia. Colaborando con la India en el desarrollo hídrico, Bután ha conseguido hacerse con el PIB per cápita más alto de la región. Ello ha sido posible gracias a la colaboración entre la India y Bután en el ámbito del desarrollo hidroenergético. Hoy en día la principal exportación de Bután es energía hidroeléctrica que vende a la India, y la inyección de capital que implican estas exportaciones ha revolucionado el contexto socioeconómico del país. Al mismo tiempo, la India también se ha visto muy beneficiada. Cada vez son más los países que caen en la cuenta de que el coste de no cooperar en la gestión del agua alcanza cotas elevadísimas, de manera que no podrán permitirse el lujo de no cooperar en el futuro.

En los últimos años usted ha cuestionado la validez de las soluciones occidentales para atender a los problemas del agua en los países en desarrollo, ¿por qué no son apropiadas?

Personalmente tengo absolutamente claro que no existen soluciones universales que acaben con todos los problemas de agua del mundo entero. Lo que tal vez funcione en España puede no servir para China o Brasil, y viceversa. De hecho, hoy en día sabemos incluso que una solución que puede dar resultado en una zona de China o la India quizás fracase en otra parte del mismo país, puesto que se dan diferentes condiciones físicas, climáticas, económicas, sociales e institucionales. En el ámbito de la gestión del agua no hay tallas únicas, simple y llanamente.

Planteémoslo con un ejemplo concreto. Pensemos en dos grandes urbes como Londres y Nueva Delhi, la primera situada en una zona climática templada y la segunda, en un clima subtropical. Las dos ciudades presentan unas cifras de precipitaciones relativamente asimilables (la diferencia es del 15%, aproximadamente). Sin embargo, la distribución de las precipitaciones es bien distinta. En Londres llueve casi todo el año, lo cual hace que en el Reino Unido no sea necesario regar. Por contra, en Nueva Delhi la práctica totalidad de las lluvias anuales se concentran en unas 90 horas (no consecutivas) de la estación monzónica. Ante esta gran diferencia, las prácticas de gestión del agua en Nueva Delhi habrán de ser radicalmente distintas, puesto que el primer objetivo tendrá que ser buscar maneras de almacenar tamaña inmensidad de agua de la lluvia caída en un período de tiempo muy corto, para así utilizar esas reservas de agua a lo largo de todo el año. La situación de Londres no tiene nada que ver, razón por la cual la estrategia de gestión hídrica ha de ser totalmente distinta. No es de extrañar, por lo tanto, que cuando se ha tratado de aplicar soluciones europeas, propias de zonas templadas, en regiones tropicales y subtropicales de Asia y África, el resultado haya sido casi siempre desastroso.

Este panorama general tiene, además, un corolario. Durante los últimos diez o quince años, buena parte de las soluciones importantes a los problemas hídricos se proponen desde países en vías de desarrollo, y ya no desde Occidente. Por ejemplo, muy pocos españoles son conscientes de que la actual red de abastecimiento de agua de la ciudad camboyana de Phnom Penh es muchísimo mejor que las de Madrid o Barcelona. En la red de Phnom Penh se pierde alrededor del 9% del agua de abastecimiento, cuando en Barcelona hablamos de pérdidas de un 27%, aproximadamente. En toda Europa y en todos los Estados Unidos no hay una sola ciudad con un sistema de abastecimiento de agua y gestión de aguas residuales que resista la comparación con el de Singapur. En resumen, ha llegado el momento de que Occidente busque referencias para sus infraestructuras hídricas en las mejores prácticas generadas por el mundo en vías de desarrollo, proceso éste que le permitirá mejorar sus actuales procesos de gestión del agua.

¿Considera que la privatización del agua y de su gestión es el gran problema mundial? ¿Es más eficaz la gestión privada que la pública?

Nuestro centro ha estudiado la experiencia de la entrada del sector privado en el abastecimiento de agua en los ámbitos de Latinoamérica (por encargo del Banco Interamericano de Desarrollo), de Oriente Medio y el norte de África (a instancias del gobierno alemán), y del sur y el sureste de Asia (iniciativa del Banco Japonés de Cooperación Internacional). Nuestros análisis indican que la entrada del sector privado ha dado resultados muy diversos. En consecuencia, no se pueden hacer generalizaciones. Por ejemplo, hemos descubierto lo siguiente: El sector privado ha mejorado significativamente la situación hídrica de determinadas ciudades, y, sin embargo, en otras ciudades, el sector privado ha empeorado la situación respecto de lo que ocurría con el sector público. En el mismo país, una ciudad ha visto mejoras con la entrada del sector privado (Casablanca), mientras que otra ha asistido a un fracaso sin paliativos (Rabat). Incluso dentro de la misma ciudad (Manila), asignada a dos grupos distintos del sector privado, una parte ha sido un éxito y la otra un fracaso. Los resultados varían en el tiempo. Por ejemplo, en los primeros años de privatización, Buenos Aires se consideraba un caso de éxito de la privatización, pero con el tiempo acabó siendo un fracaso.

Lo cierto es que no podemos afirmar que el sector privado sea mejor que el público, ni tampoco lo contrario. Las dos redes de agua más eficientes del mundo (las de Singapur y Tokio) son públicas, y no hay en el mundo una sola empresa del sector privado que se acerque ni de lejos a sus cifras de indicadores. Al mismo tiempo, por contra, algunos de los casos más sangrantes del mundo son también resultado de la acción del sector público. Por desgracia, gran parte del debate sobre si en el ámbito del agua es mejor el sector público o el sector privado se basa en creencias dogmáticas e intereses ocultos, en lugar de en los hechos. Yo creo que no debe importarnos quién gestione el agua, con tal de que esa gestión sea eficiente.

¿Cree que está siendo efectivo el Decenio del Agua decretado por las Naciones Unidas?

Hasta ahora, el Decenio del Agua ha tenido un impacto nulo en el desarrollo hídrico del mundo. Creo poder predecir con un 99,99% de probabilidad de acierto que el presente decenio no va a traducirse en resultados perceptibles a nivel mundial. Contrasta con el anterior Decenio Internacional del Agua Potable y del Saneamiento Ambiental (1981-1990), que sí tuvo consecuencias de enorme importancia para el mundo y que garantizó que cientos de millones de personas recibiesen un acceso acelerado al agua y al alcantarillado. Transcurridos casi tres años del presente decenio, sigo sin percibir señales positivas ni esperanzadoras de que vaya a saldarse con aportaciones de importancia.
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Durante los últimos diez o quince años, buena parte de las soluciones importantes a los problemas hídricos se proponen desde países en vías de desarrollo

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