Hacia un nuevo orden mundial
MICHEL CAMDESSUS
Ex director del Fondo Monetario Internacional
En este agitado comienzo de siglo y de milenio parece que los desafíos ecológicos y demográficos están haciendo tambalearse estructuras ancestrales, ¿cree usted que la amplitud y la combinación de ambos requieren un nuevo orden mundial y que alguien tome claramente el mando?
Hay un problema subyacente, y es que el siglo XX ha visto el fracaso de tres intentos para establecer un nuevo orden mundial: en los años Veinte con el fracaso de la Sociedad de Naciones; en los años Cincuenta, con la guerra fría y las trabas que eso supuso para el cumplimiento de las promesas de las Naciones Unidas, y en los años Noventa, al quedarse en el limbo, después del 11 de septiembre de 2001, el nuevo orden mundial del que se empezó a hablar cuando cayó el muro de Berlín. Hoy estamos muy lejos de un nuevo orden mundial, y debo decir que esto es insostenible y, parafraseando a Saddam Hussein, diría que esta timidez intelectual para efectuar una reflexión sistemática ante tales desafíos es la madre de todas las insostenibilidades. Resulta más que urgente que alguien se atreva a esbozar lo que tendría que ser ese nuevo orden. Para animarnos a tal reflexión, vale la pena empezar por contemplar cómo los fenómenos medioambientales, demográficos y financieros que vivimos desquician el orden con el cual hemos funcionado hasta la fecha. Esto permitiría identificar alguna medida de urgencia imprescindible y, a lo mejor, unos cuantos elementos de un nuevo paradigma de gobernabilidad mundial por construir.
¿Quiere decir, señor Camdessus, que el antiguo orden mundial se está desmoronando?
Sí, desde hará unos 60 años hemos vivido bajo un cierto orden con sus instituciones –la constelación de organismos de las Naciones Unidas– y con un gran país líder y sus aliados, que pretendían “to call the shots”, o, dicho de otro modo, mandar a bordo. Hoy nos conformamos con una situación que ya de ninguna manera puede definirse como un orden mundial. Estamos aceptando vivir en un contexto inestable hecho de desórdenes más o menos contenidos y cuyas consecuencias recaen frecuentemente sobre los más débiles de la sociedad. Mejor reconocerlo, vivimos cerrando los ojos ante un orden que se está deshaciendo y cuyas consecuencias podrían ser más y más inaguantables, por ejemplo en el ámbito del comercio mundial, con la Ronda de Doha estancada, o con las amenazas gravísimas para la paz mundial que se vislumbran tanto en el Cercano como en el Oriente Medio… Estos fenómenos ponen de manifiesto los peligros de un mundo cuyo concierto se va desmembrando. Y todo esto sin contar las oscuras perspectivas que ofrece la situación del Medio Ambiente. Eso es otro tema, pero he reflexionado sobre los cambios que nuestros modos de vivir van a experimentar para lograr un desarrollo sostenible y solidario. Unos pocos datos pueden bastar para cambiar muchos de nuestros actuales enfoques. El calentamiento en los últimos 100 años ha sido de 0,74 grados, pero podría establecerse entre 2 y 4 grados en el presente siglo; el nivel de los mares ha subido 17 centímetros pero podría subir mucho más; el deshielo de los polos y del Himalaya está acelerándose a una velocidad hasta ahora desconocida. Entre las consecuencias de estos cambios, hay una que subraya Rajandra Pachari, presidente del Panel Mundial: alrededor de 2020, entre 75 y 250 millones de personas estarán expuestas en África a un aumento del estrés hídrico; en algunos países los rendimientos agrícolas podrían verse reducidos un 50% exacerbando los problemas de malnutrición en el continente. En Asia, para 1.000 millones de personas la disponibilidad de agua potable podría estar seriamente afectada antes del año 2050. Según los últimos estudios del Intergovernmental Panel on Climate Change y de Nick Stern, sabemos que sería una locura no empezar a modificar radicalmente el enfoque de nuestras políticas en este terreno. Un problema de largo plazo se transforma en exigencia inmediata, aún más si se contempla en paralelo con los desafíos demográficos.
Ha mencionado África, ¿existen previsiones sobre cómo puede evolucionar su población y qué pautas van a seguir sus movimientos migratorios?
Según los últimos informes de la Population Division de las Naciones Unidas, la población total del Subsáhara crecerá en 2050 hasta los 1.748, es decir, serán 1.000 millones más que ahora. Por altos que sean los progresos económicos que se logren durante ese período, puede imaginarse el aumento de la presión migratoria hacia el Norte, amplificando con creces las tragedias que hoy conocemos. Pero este problema Norte- Sur, por preocupante que sea, no es el más grave de los que habrá que enfrentar. Más serio aún es el de las migraciones interregionales, en particular los flujos entre el Sahel y los países atlánticos del oeste de África. Para que no se transforme en una situación apocalíptica, se debería emprender un esfuerzo regional de gran amplitud con el apoyo máximo de Europa, con dos ejes esenciales: el desarrollo rural y las infraestructuras urbanas, que hoy día continúan deteriorándose, cuando sabemos que la población urbana se va doblar hacia 2025. Es un desafío del cual el mundo no parece ser plenamente consciente, ni tampoco de los efectos del calentamiento atmosférico sobre estas regiones, consecuencia de nuestros comportamientos en el Norte. Si estos problemas quedasen sin respuesta, tanto esos países como los nuestros se verían expuestos a factores de inestabilidad política y de violencia sin precedentes.
¿Qué se puede hacer para reducir la brecha económica entre el Norte y el Sur y cómo articular una respuesta ordenada, potente y solidaria a tales desafíos?
El problema radica en que las Instituciones Financieras Internacionales (IFI) están padeciendo una crisis de credibilidad y de confianza que altera su capacidad de respuesta y pone de manifiesto otro aspecto de la debilidad de la gobernabilidad mundial. Este hundimiento de confianza en las IFI está, además, magnificada por la crisis del subprime. Esta difícil situación, como algunas otras que la han precedido, tiene básicamente su origen en imprudencias culpables, y desgraciadamente toleradas por autoridades complacientes, en la distribución de créditos. Aquí se han transgredido ante todo los principios más simples y básicos, la deontología más elemental sobre la distribución de créditos. Hay familias a las que resulta irresponsable otorgar ciertas clases de créditos, así como también es muy irresponsable haber puesto tal cantidad de papel en el mercado internacional con un alto grado de opacidad. Desde luego, se van a emprender todas las reformas necesarias, sea para hacer más firmes las normas de crédito interno, sea para establecer reglas donde sean precisas, o ya sea para hacer más inquisitivo el trabajo de quien tiene que garantizar la solvencia del sistema, dotándole así de una renovada legitimidad y capacidad de decisión. Por otro lado, las amenazas que ya nos asedian, sean ecológicas, demográficas, económicas o financieras, demuestran que estamos frente a un desafío formidable que hemos tardado demasiado en reconocer. Pero el desafío no se reduce a tal o cual aspecto –ecológico, económico, demográfico o financiero–, sino que resulta más grave porque todos estos aspectos forman un sistema entre sí y hacen tambalear una gobernabilidad mundial hoy por hoy inadecuada. Estamos pues ante un orden mundial que se va desquiciando rápidamente, ante un orden incapaz de responder a los nuevos desafíos. Es tiempo de preguntarnos cómo lo podemos sustituir. En definitiva, hay que promover un nuevo orden mundial.
Pero un nuevo orden mundial que, como su mismo adjetivo hace obvio, ha de tener dimensión planetaria, ¿en torno a qué se vertebra, sobre qué descansaría un corpus, a priori, tan complejo?
Un nuevo orden sólo podrá, pienso yo, ser resultado de un sinnúmero de esfuerzos coordinados en multitud de frentes, pero particularmente en dos direcciones: buscando respuestas multilaterales a los problemas identificados, y, en un mundo donde el papel del sector privado se hace cada día más preponderante, potenciando innovadores avances en el ámbito de la responsabilidad social de las empresas. El problema básico de hoy es que el mundo se enfrenta a problemas que sólo pueden resolverse aplicando estrategias mundiales multilaterales, pero para cuya definición todavía no tenemos los instrumentos adecuados. Todos los problemas enunciados ignoran las fronteras del Estado-nación y se han desplegado inmediatamente a nivel mundial. Por eso tenemos que enfrentarlos, como la familia humana que somos, a escala multilateral y elaborando una agenda que contemplase las reformas de la ONU, empezando por su Consejo de Seguridad, y de los organismos nacidos en 1944 a raíz de los Acuerdos de Bretton-Woods, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio. Esto sería parte de una reforma global de la gobernabilidad económica mundial para crear estructuras poderosas y, mediante ellas, alguien con incuestionable legitimidad para, como dije antes, mandar a bordo. De todas formas, para la creación de un nuevo orden mundial, y sé que parece utópico, todo lo anterior tendría que ser completado por el reconocimiento de las responsabilidades de las empresas y un reconocimiento por las empresas de sus responsabilidades sociales. Es un mundo en el que falta mucho por hacer, pero sin tal sentido de contribución, que diría pro-activa, nunca se podría conseguir que ese nuevo orden se mantuviese, porque no olvidemos que el problema es de dimensión universal, pero la cualificación de las empresas y de su management es también un requisito universal, porque las economías en vías de desarrollo sólo serán sostenibles cuando sus dirigentes apliquen su formación en su propia tierra, una oportunidad abierta a su espíritu de cooperación individual y colectiva.
Ese “alguien para mandar a bordo” y dirigir la gobernabilidad económica mundial, ¿encarnaría también una gobernabilidad mundial al servicio de un desarrollo humano sostenible?
Hasta ahora, la globalización ha ido avanzando, empujada por dinamismos financieros o tecnológicos de algún modo autónomos sin muchos esfuerzos de la comunidad internacional para regularlos. Ahora sabemos que esto ya no es aceptable. Es tiempo de asumir esa globalización y tomar sus riendas para orientar y hacer coherentes sus avances hacia la unidad del mundo en pleno respecto de sus diversidades. Un esfuerzo de imaginación se impone para definir las instituciones que mejor servirían al bien común mundial o al menos, para reformar de manera suficiente las instituciones actuales. Sólo así se podrán definir las estrategias que nos permitirían protegernos de riesgos colectivos, identificar una visión clara de nuestro destino mundial y darnos la posibilidad de dirigir estas fuerzas de globalización, en conformidad a exigencias de justicia, particularmente para con los países que tienen hoy la impresión de que nunca se les concede la palabra. Me parece indispensable promover la creación de una Organización Mundial de Medio Ambiente, cuya tarea consistiría no sólo en proveernos de diagnósticos, sino en definir acciones prioritarias, facilitar su financiación, particularmente en los países más pobres, si es necesario con recursos innovadores, seguir su implementación, evaluar sus resultados e impulsar las respuestas mundiales a tales desafíos. Habrá que hacer también frente al difícil problema de la responsabilidad política de las instituciones internacionales. En todos los terrenos de la economía y de las finanzas, una globalización más respetuosa del hombre hace menester la adopción de reglas mundiales, sin las cuales los abusos que observamos hoy, y que la crisis del subprime ejemplifica, lamentablemente no podrán ser corregidos. Para que tales reglas puedan ser adoptadas y puestas en vigencia, las instituciones responsables tendrán que ser reconocidas como democráticamente legítimas y permitir, a los países pobres o emergentes, ser parte en las deliberaciones y en las decisiones. También sería menester crear una instancia de arbitraje político supremo cuando haya diferencias de opinión o de estrategia entre estas instituciones mundiales. Sería necesario que un organismo realmente representativo, y que tendría que reunir jefes de Estado o de Gobierno con legitimidad democrática, pudiese ejercer esa responsabilidad. Los problemas más urgentes de la economía mundial requieren hoy que países acreedores y no sólo deudores se sienten en la misma mesa si, por ejemplo, se quiere hallar una solución al problema urgente de los desequilibrios mundiales de balanza de pagos. Esto permitiría, pienso yo, coordinar las estrategias de esas organizaciones, con lo que se establecería un vínculo muy fuerte entre ellas y los representantes más legitimados de la comunidad mundial.